El hombre que se fabricó su propia familia
Cristian Montenegro. 30 años. Bogotá. No camina solo.
Lo acompaña Natalia, su esposa. También sus tres hijos: Daniel Adolfo, Lady María y la pequeña Sami. El problema — o no tanto — es que ninguno de ellos respira. Son de trapo, icopor y silicona. Hechos a mano. Por él.
¿Cómo se llega a esto?
Como casi todas las historias raras: arranca con una ruptura. Varias, en realidad. Decepciones amorosas que lo fueron dejando cada vez más solo hasta que en algún momento Cristian decidió que si nadie le daba una familia, se la fabricaba.
Así nació Natalia primero. Después los chicos.
Cristian les cambia la ropa según cómo se siente. El color de la peluca. Hasta la expresión de la cara. Para salir a la calle los carga con ganchos en la ropa. Natalia tiene patines para moverse mientras él camina. Lógica impecable, si uno se para a pensarlo.
La parte que nadie se queda a escuchar
Todo el mundo se ríe o se escandaliza y sigue scrolleando. Pocos se quedan con lo que Cristian dice en serio: "me gusta porque de resto no tengo a nadie". Ahí está todo.
No es un personaje. No es una estrategia de contenido. Es un tipo que encontró su manera de no estar solo en una ciudad de ocho millones de personas que igual te puede hacer sentir el único habitante del planeta.
¿Es para preocuparse? Puede ser. ¿Es para burlarse? No tanto. Hoy tiene mánager, da entrevistas y quiere hacer espectáculos con su familia de trapo. El mundo le abrió una puerta rarísima y entró sin dudar.
No es una familia de verdad. Pero para Cristian, es la única familia que tiene.